Condenada a tus grilletes invisibles
vas por la vida pesada en tu cabeza.
Arrastras tanto que ya no sabes qué soltar,
o qué guardar.
Quisiste estar tan perdida que ahora no te encuentras
y te está costando la vida.
Ya no sabes ni donde buscarte, ni sabes qué escuchar.
Ya no te conoces.
Te escondiste detrás de una pared que ya no cubre tus errores,
esa que tanto golpeas y duele más por dentro que por fuera.
Ya no eres dueña de tus labios, ni de tus pensamientos,
y son más las horas que bailan al son de tu desgracia.
Recuerdo haberte visto sentada, mirando fijamente la esquina,
esa tan mugrienta como tú. Guardando rencores y dolores.
Recuerdo haberme sentado a hablarte aunque no me escucharas,
pero ya no creo que sigas allí.
Que mala la costumbre de arrimarlo todo a tu oscuro hueco,
dime quién merece enamorarse de algo que cuestiona su existencia.
Te difuminaste junto a la pared que tanto reprochabas,
antes eras carne y ahora solo huesos.
Tu llanto dio paso al monte que crece en el suelo,
ese que baila entre grietas de recuerdos olvidados.
Ya no te sientes alguien, y es que sencillamente
nunca lo fuiste.
Confieso haber tenido esperanzas de verte voltear,
pararte, caminar.
Pero dejaste a tu silueta adaptarse a tus delirios
y ahora no sabes dónde termina ni dónde comienzas.
Confieso haber creído en que saldrìas de allí.