24 de julio de 2011

Aprendí a llorar en silencio

    Por fin te consigo, después de correr tras las agujas detenidas de aquel reloj en tu muñeca, y luchar contra las ojeras que interrumpen tu visión. No quiero que mi presencia altere la presión en tus venas, pero veo que ya no te importa quien descubre tu apartado rincón. 
    Tienes vías en tu cuerpo por todo el tiempo que te ha recorrido y los dientes ya pegados por la rabia en tu mandibula. Los huesos de tu cuerpo modelan su desnudo y tu pálido bronceado descubre más detalles. Mis ojos hechos agua ya no parpadean, te has vuelto tan pequeña y nadie se ha querido dar cuenta.
    Me voy a sentar, si me lo permites, para hablar a tu altura y ponerme cómoda, ya me voy dando cuenta que este sitio es para uno y no para dos. Recostada en el rincón no haces un solo movimiento, ya no sé si me ves o si me escuchas, si te interesa o si no, de todas formas me quedo a verte un rato más y tal vez me encuentre con alguna de tus palabras o sencillamente las mias se queden en una hebra de tu camisón. 
   Tus mejillas se han convertido en salinas de lágrimas de antaño, esas que no se ven por lo erosionado de tu piel. Me atrevo a levantar tu cara con uno de mis dedos temblorosos bajo tu quijada, tu rostro perdido y cansado no consigue enfocarme, aunque me conformo con el intento. Sabía que detrás de esa cortesía se escondía el miedo a que te vieran llorar, que cada sonrisa disimulaba tu sentir de soledad, sabía que escuchabas mis problemas para evitar el no poder resolver los tuyos y que dabas todo de ti para no sentirte tan inútil como ahora te sientes. 
    Risas que acompañaban mi melodía, miradas que completaban mis días, destrezas que lo hacían todo más fácil, sentimientos que me daban aliento; ojalá alguien a parte de mí hubiera sentido esto pues sé que conmigo nunca bastó. Me agoté de mantener dos personas de pie mientras una se niega a ver el sol nacer, mientras tú lo dejas todo perder y yo sin ti no me puedo ir de aquí. 
    Harta de burlas, de escondites, de incredulos y necios te refugiaste tan adentro que ahora no consigues la salida, ahora que te diste por vencida mi voz se hace cada vez más lejana, mis palabras se hacen inentendibles y encontrarte es muy difícil. No sé si me duele más el saber que tú eres yo o que yo soy otra igual a ti.