28 de agosto de 2010

La armadura






Como si viviéramos en algún lugar de La Mancha, cuyo nombre jamás recordaremos, vamos con armadura de hierro y estoque al costado. Vamos batallando contra el mal y la injusticia con ojos entre abiertos, sabiendo que si los abrimos un poco más nos daremos cuenta de que en realidad sólo somos un saco de carne y hueso superficial e insípido como cualquier otro. Caminamos sin mirar a los lados porque sabemos que si lo hacemos veremos un montón de cuerpos metálicos más, diciendo ser de plata cuando en realidad son de plástico, caminando sin ver y aún así al de atrás critican, al de adelante juzgan y al de al lado reprochan. Creemos ver gigantes y callando la palabra de algún fiel amigo, vamos en contra de éstos para después darnos cuenta de que estábamos equivocados, y con la cobardía por delante inventamos cualquier excusa que terminamos creyendo para no aceptar que actuamos ignorante y precipitadamente. Esa pesada loriga nos aísla y llega a ser nuestra única y verdadera compañera, con ella no hay secretos, no hay mentiras y no hay excusas.

¿Qué sería del hombre sin un armazón de metal?

Seriamos simplemente el mismo saco de carne y hueso corriendo al aire libre despojado de todo, haciendo disparates mientras que aquellos que no tuvieron el valor de quitarse la armadura se ofenden y juzgan diciendo a bajas, entre ellos, que el objetivo es llamar la atención cuando en realidad el único objetivo es sentir la libertad de vivir la vida de la forma que nos gusta, nos parece y nos divierte. Reprochan el comportamiento escondiendo las ganas de tener las mismas agallas y hacer lo mismo pero retenidos por el ‘‘Qué dirán’’. No somos más que locos-lucidos, cegados por los tabúes que ha impuesto la sociedad, si luchamos tanto para que nuestros ideales y metas sean respetados, ¿por qué es tan difícil respetar una opinión distinta o una forma de ver la vida diferente a la nuestra? ¿Por qué hay tantas disputas por religión, política, estilos de vida y muchas otras cosas más? Pero sí despreciamos la falta de respeto cuando alguien se pasa la luz roja de un semáforo o cuando un individuo toma un puesto que no le corresponde en una cola, ¿Por qué no discutimos por quién ha ayudado a más personas, quién ha cuidado mas el ambiente, quién ha respetado más? Esas son cosas de tontos, dicen.
Cómo se nos exige ser respetuosos, solidarios o sinceros, cuando a diario vemos niños abandonados a las buenas de la vida, otros son ignorados, otros incomprendidos y sin oportunidades de ser entendidos, entonces ¿Cómo se pone el futuro en las manos de una juventud que está siendo corrompida e influenciada por la dejadez de las anteriores generaciones?  Se les aclama y felicita con medalla de oro a aquellos que son tan extrovertidos como inteligentes, pero a los que se encuentran en la media no se les extiende ni la mano para entusiasmarlos de seguir adelante y mejorar ¿De dónde nacen las ganas de querer hacer, la espontaneidad, el ánimo de continuar? Con qué moral se nos pide poseer estas características si son aplacadas por la misma persona que las exige. Si tan solo pudiéramos conseguir ejemplos actuales de personajes que por primera vez dejaran a un lado la politiquería y los beneficios personales y dijeran ’’es hora de surgir, ayudemos todos’’. Son pocos los que llevan a cabo esta frase y son mucho menos los que la dicen de corazón. Un gobierno siempre estará rodeado por adulantes ‘‘babosos’’ e interesados en cuánto color verde puede contener un bolsillo o quién posee más jerarquía. El pueblo siempre estará dividido entre los conformistas y tolerantes que se dejan llevar por promesas baratas e ilusiones falsas, de ellos siempre se aprovechan, y están aquellos que entienden y ven claramente la realidad del país pero que, en vez de unirse y luchar codo a codo, son descompuestos por la avaricia, las ganas de popularidad y el reconocimiento. Hay un dicho que dice ’’El viejo por no poder y el mozo por no saber, dejan las cosas perder’’ y así podemos ver ejemplos en cualquier lugar del mundo, es simplemente una historia de caballería donde pretendemos ser caballeros mientras que el que nos lee se vuelve tan desequilibrado y obsesionado como nosotros.
Como caballeros somos demasiado inconformes, cada raya, cada mancha, cada defecto en nuestra armadura es causa de burla, pero lo que no vemos es que tarde o temprano esos defectos estarán reflejados en la nuestra porque al final del día todos somos iguales. Estoy segura de que si existieran más caballeros preocupados por el bien y no por las diferencias de los demás, segura de que si la aceptación fuera algo esencial en nuestra sociedad, la humanidad sería mucho más avanzada y digna de buena envidia. Mientras tanto, seguiremos siendo la imitación de un guerrero que, al intentar ser quién no es, pierde de vista su verdadera identidad.